Silenciosa disonancia

Eran las seis. Observó frente al espejo el reflejo de su agonía mientras gritaba en silencio sus miedos, escondidos entre sus rutinas. Respiró su propia indiferencia y, resignada, emprendió el viaje ocultándose tras capas superficiales teñidas de normalidad.

La calle estaba poblada de nada. Arrastró sus recuerdos tras ella, tirando del pasado con fuerza. Se escuchaba el eco del reproche a su paso y mientras caminaba se nutría de la seguridad de que podría llegar hasta el final. Visualizó el recorrido temblorosa, pero caminó firme marcando el paso a sus temores.

 

Eran las seis. El café sabía a sal, como ayer. No quiso volver, hacía tiempo que él no era feliz. Cuando la miraba, ya no la veía. Cuando la tocaba, ya no sentía su piel. Cuando él era sombra, ella ya no brillaba.

Se situó en la última mesa y dio la espalda a la luz, como todos los días. Tan solo el sonido descarriado e irritante del impacto confuso contra el asfalto le conectaban con la realidad. Ese sonido que marcaba cada día el tiempo, sin reloj. Pensó que había reunido el valor, su ayer ya no sería mañana.

 

Abrió la puerta sofocada, mezcla de calor y rabia. Todo de nuevo a su lugar, Ella, a su castigo; sus recuerdos, a sus estantes abrigados de frustración. Otra ocasión perdida por el miedo de quien nunca supo bailar con la suerte.

Se escuchó un portazo frío y vacío de encuentro. Tras un paso de indiferencia, otro de desengaño. Se reconocieron sin ya conocerse.

– …

Fue lo único que pudo decirle antes de irse para siempre.

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